“EMPLEAR LA RAZÓN CORRECTAMENTE”
Por
G.K. Chesterton
Me alegra ver que acaba de publicarse la traducción de una de las pocas novelas detectivescas de primer orden escritas en los últimos diez o veinte años: me refiero a El misterio del cuarto amarillo, de Gustave Leroux. Recuerda los días en que los grandes hombres, como Edgar Allan Poe o Wilkie Collins, condescendían a escribir novelas de detectives. No me refiero a que el libro sea grande en ese sentido, sino a que al menos contiene un importante principio intelectual. Nada podría inducirme a revelar al lector la solución del enigma. Quien desvela la solución de un relato detectivesco es sencillamente un malvado, tanto como quien hace estallar deliberadamente la pompa de jabón de un niño, más aún que Nerón. Desvelar un secreto que debería seguir oculto es el peor de los crímenes, y Dante tuvo mucha razón al hacer que el círculo más bajo del infierno fuese el de los traidores. Supone destruir un placer humano que nunca podrá recobrarse, como si alguien le diera un empujoncito en el codo a John Roberts cuando se dispusiese a hacer una excepcional jugada de billar, o le hubiera hundido el cráneo a Milton momentos antes de que escribiese Lycidas. No destruiré el placer de quienes leen relatos de detectives por la sencilla razón de que me encuentro entre ellos.
Pero
no hay traición alguna en decir lo siguiente: que el triunfante detective del
libro basa toda su deducción en lo que él llama «emplear la razón
correctamente». La frase, sin duda, está empapada de sensatez francesa. A lo
que se refiere, si lo he entendido bien, es a que el mundo está lleno de
verdades, medias verdades, probabilidades y posibilidades de distinta validez
que señalan en diferentes direcciones. Sin embargo, hay algunos hechos de los
que estamos seguros de un modo especial; y, si otros los contradicen, serán
ésos los que debamos contrastar, pero no perder el tiempo en confirmar el único
hecho del que estamos seguros. En el relato hay una habitación cerrada y vacía.
En el interior se oyen ruidos de lucha, disparos, gritos, y tras echar la puerta
abajo se encuentra el cuerpo ensangrentado de una chica. Detrás han quedado
pisadas, huellas de manos ensangrentadas, un sombrero y una maza. Como es
lógico, los demás investigadores empiezan preguntándose cómo se las arregló el
asesino para escapar. El investigador triunfante no sigue esa línea
especulativa. Empieza por las dos cosas que sabe con seguridad: que la
habitación estaba herméticamente cerrada y que estaba vacía. Es todo lo que
contaré de esta interesante novela; no basta para contar la historia, pero sí
para desvelar su moraleja.
Ésa
es la idea esencial: que cualquier buen argumento se basa en establecer los
hechos indiscutibles y en discutir todo lo demás a partir de ahí. Resulta muy
útil en muchas discusiones modernas, si se entiende como un principio general.
En primer lugar, por supuesto, hay que desprenderse del elemento sobrenatural o
demencial. El elemento sobrenatural en los asuntos prácticos siempre se ha
considerado (incluso por aquellos que creen en él) excepcional. Si un milagro no
es excepcional, ni siquiera es milagroso. Ningún credo sensato enseñó nunca a
nadie a esperar otra cosa que lo natural. Por decirlo brevemente, se nos dice
que tengamos fe en los milagros, pero que no confiemos en ellos. La alternativa
de una manía o un trastorno mental también debemos desecharla. Si se nos ha
dicho que no hay serpientes en Islandia y a pesar de eso las vemos, es muy
razonable que nos preguntemos si en nuestra vida pasada hemos sufrido de
delirium tremens. Pero suponiendo que ambas anormalidades, el misterio que está
por encima de la humanidad y la locura que está por debajo de ella, queden
honradamente descartadas, la línea argumental correcta es creer en lo que uno
ve y pensar que nuestras vivencias son ciertas en un sentido más profundo que
las cosas que sólo podemos argumentar. Si estoy sentado delante de mi tía en
Croydon, podré recibir un telegrama suyo desde Highgate, un periódico podrá
anunciar que está participando en la procesión de Highgate, un experto podrá
demostrar que es imposible que haya llegado a Croydon a tiempo y un estadístico
podrá afirmar que ha contado a todas las tías de Highgate y que no falta
ninguna, pero todos esos hechos son pruebas de carácter secundario. Ellos
tendrán al experto, pero yo tendré a la tía. A menos que mi tía sea un demonio,
o yo un loco, poseeré el hecho primordial en la
discusión.
Ya
he indicado que este sencillo principio es útil en relación con muchos
problemas modernos. Tómese, por ejemplo, el problema del paro. Es muy habitual
encontrar a un próspero caballero que señala a un desdichado muerto de hambre
por la calle y dice: «Eso del paro son pamplinas; el otro día ofrecí trabajo a
ese hombre y no lo quiso». Tal vez sea cierto, pero siempre se utiliza para
demostrar que el hombre no es desdichado. Pero demostrar eso equivale a refutar
lo único que se había demostrado. Basta con mirar a ese hombre para decir que,
por alguna razón, por culpa de alguien, o de nadie, no ha comido lo suficiente
para ser un hombre, o siquiera un animal. Que haya rechazado el empleo es una
circunstancia curiosa que debe conciliarse, de ser posible, con el hecho de que
necesita dinero. Puede haberlo rechazado porque es un simple, o porque el
agotamiento lo ha dejado sin capacidad de elección, o porque la injusticia lo
ha empujado a una cólera irracional, o porque es un santo, o porque es un loco,
o porque lo persigue una sociedad secreta, o porque su religión le prohíbe
trabajar los miércoles. Pero, sea cual sea la explicación, no es que esté
alegre y saciado, porque cualquiera puede ver que no es así. Su impotencia
puede tener ésta o aquella causa, pero no servirá como defensa del sistema
actual de riqueza y pobreza. Por decirlo con los tópicos modernos: no destruye
el problema de los parados, sólo les añade el de los inútiles para el trabajo.
Pero la clave sigue siendo que la gente debería empezar por lo que puede ver.
Uno puede tardar veinte años en averiguar si alguien es honrado, pero no se Etarda
más que dos segundos en descubrir que está flaco. El argumento del rico es que,
como el hombre es un vagabundo, no puede ser honrado y debe de estar gordo en
secreto. Ahí es donde radica la falacia. Créanme (y hablo en calidad de
experto): es imposible estar gordo en secreto.
He
encontrado otro ejemplo en el extremo opuesto de la escala económica. El señor
Rockefeller, el famoso millonario, ha escrito un libro acerca de sí mismo.
Afirma que los grandes empresarios americanos no están en los negocios por
dinero, sino por no sé qué zarandajas, el triunfo u otra filfa parecida. De
hecho, tendría mucha mejor opinión de Rockefeller y de la gente como él si
estuviesen en los negocios por dinero. Desear el dinero es mucho más noble que
desear el éxito. Desear el dinero puede significar que deseas regresar a tu
país, o casarte con la mujer a la que amas, o pagar el rescate que exigen por
tu padre unos secuestradores. Puede significar algo humano y respetable. Pero
desear el éxito significa por fuerza algo inhumano y odioso. Significa por
fuerza que uno obtiene un placer abstracto al distanciarse y deshonrar a los
demás. No tengo mejor opinión del señor Rockefeller porque en lugar de
coleccionar dólares coleccione cabelleras. Pero eso, aunque cierto, no es el
comentario más evidente. Lo esencial es que, aunque no sabemos nada del alma
del señor Rockefeller, sí sabemos algo de sus ingresos. Mediante enormes
esfuerzos ha amasado una fortuna inmensa. El hecho primordial puede explicarse,
pero no obviarse