martes, 15 de febrero de 2022

“EMPLEAR LA RAZÓN CORRECTAMENTE” Por G.K. Chesterton

 “EMPLEAR LA RAZÓN CORRECTAMENTE”

Por G.K. Chesterton

Me alegra ver que acaba de publicarse la traducción de una de las pocas novelas detectivescas de primer orden escritas en los últimos diez o veinte años: me refiero a El misterio del cuarto amarillo, de Gustave Leroux. Recuerda los días en que los grandes hombres, como Edgar Allan Poe o Wilkie Collins, condescendían a escribir novelas de detectives. No me refiero a que el libro sea grande en ese sentido, sino a que al menos contiene un importante principio intelectual. Nada podría inducirme a revelar al lector la solución del enigma. Quien desvela la solución de un relato detectivesco es sencillamente un malvado, tanto como quien hace estallar deliberadamente la pompa de jabón de un niño, más aún que Nerón. Desvelar un secreto que debería seguir oculto es el peor de los crímenes, y Dante tuvo mucha razón al hacer que el círculo más bajo del infierno fuese el de los traidores. Supone destruir un placer humano que nunca podrá recobrarse, como si alguien le diera un empujoncito en el codo a John Roberts cuando se dispusiese a hacer una excepcional jugada de billar, o le hubiera hundido el cráneo a Milton momentos antes de que escribiese Lycidas. No destruiré el placer de quienes leen relatos de detectives por la sencilla razón de que me encuentro entre ellos.

Pero no hay traición alguna en decir lo siguiente: que el triunfante detective del libro basa toda su deducción en lo que él llama «emplear la razón correctamente». La frase, sin duda, está empapada de sensatez francesa. A lo que se refiere, si lo he entendido bien, es a que el mundo está lleno de verdades, medias verdades, probabilidades y posibilidades de distinta validez que señalan en diferentes direcciones. Sin embargo, hay algunos hechos de los que estamos seguros de un modo especial; y, si otros los contradicen, serán ésos los que debamos contrastar, pero no perder el tiempo en confirmar el único hecho del que estamos seguros. En el relato hay una habitación cerrada y vacía. En el interior se oyen ruidos de lucha, disparos, gritos, y tras echar la puerta abajo se encuentra el cuerpo ensangrentado de una chica. Detrás han quedado pisadas, huellas de manos ensangrentadas, un sombrero y una maza. Como es lógico, los demás investigadores empiezan preguntándose cómo se las arregló el asesino para escapar. El investigador triunfante no sigue esa línea especulativa. Empieza por las dos cosas que sabe con seguridad: que la habitación estaba herméticamente cerrada y que estaba vacía. Es todo lo que contaré de esta interesante novela; no basta para contar la historia, pero sí para desvelar su moraleja.

Ésa es la idea esencial: que cualquier buen argumento se basa en establecer los hechos indiscutibles y en discutir todo lo demás a partir de ahí. Resulta muy útil en muchas discusiones modernas, si se entiende como un principio general. En primer lugar, por supuesto, hay que desprenderse del elemento sobrenatural o demencial. El elemento sobrenatural en los asuntos prácticos siempre se ha considerado (incluso por aquellos que creen en él) excepcional. Si un milagro no es excepcional, ni siquiera es milagroso. Ningún credo sensato enseñó nunca a nadie a esperar otra cosa que lo natural. Por decirlo brevemente, se nos dice que tengamos fe en los milagros, pero que no confiemos en ellos. La alternativa de una manía o un trastorno mental también debemos desecharla. Si se nos ha dicho que no hay serpientes en Islandia y a pesar de eso las vemos, es muy razonable que nos preguntemos si en nuestra vida pasada hemos sufrido de delirium tremens. Pero suponiendo que ambas anormalidades, el misterio que está por encima de la humanidad y la locura que está por debajo de ella, queden honradamente descartadas, la línea argumental correcta es creer en lo que uno ve y pensar que nuestras vivencias son ciertas en un sentido más profundo que las cosas que sólo podemos argumentar. Si estoy sentado delante de mi tía en Croydon, podré recibir un telegrama suyo desde Highgate, un periódico podrá anunciar que está participando en la procesión de Highgate, un experto podrá demostrar que es imposible que haya llegado a Croydon a tiempo y un estadístico podrá afirmar que ha contado a todas las tías de Highgate y que no falta ninguna, pero todos esos hechos son pruebas de carácter secundario. Ellos tendrán al experto, pero yo tendré a la tía. A menos que mi tía sea un demonio, o yo un loco, poseeré el hecho primordial en la discusión.

Ya he indicado que este sencillo principio es útil en relación con muchos problemas modernos. Tómese, por ejemplo, el problema del paro. Es muy habitual encontrar a un próspero caballero que señala a un desdichado muerto de hambre por la calle y dice: «Eso del paro son pamplinas; el otro día ofrecí trabajo a ese hombre y no lo quiso». Tal vez sea cierto, pero siempre se utiliza para demostrar que el hombre no es desdichado. Pero demostrar eso equivale a refutar lo único que se había demostrado. Basta con mirar a ese hombre para decir que, por alguna razón, por culpa de alguien, o de nadie, no ha comido lo suficiente para ser un hombre, o siquiera un animal. Que haya rechazado el empleo es una circunstancia curiosa que debe conciliarse, de ser posible, con el hecho de que necesita dinero. Puede haberlo rechazado porque es un simple, o porque el agotamiento lo ha dejado sin capacidad de elección, o porque la injusticia lo ha empujado a una cólera irracional, o porque es un santo, o porque es un loco, o porque lo persigue una sociedad secreta, o porque su religión le prohíbe trabajar los miércoles. Pero, sea cual sea la explicación, no es que esté alegre y saciado, porque cualquiera puede ver que no es así. Su impotencia puede tener ésta o aquella causa, pero no servirá como defensa del sistema actual de riqueza y pobreza. Por decirlo con los tópicos modernos: no destruye el problema de los parados, sólo les añade el de los inútiles para el trabajo. Pero la clave sigue siendo que la gente debería empezar por lo que puede ver. Uno puede tardar veinte años en averiguar si alguien es honrado, pero no se Etarda más que dos segundos en descubrir que está flaco. El argumento del rico es que, como el hombre es un vagabundo, no puede ser honrado y debe de estar gordo en secreto. Ahí es donde radica la falacia. Créanme (y hablo en calidad de experto): es imposible estar gordo en secreto.

He encontrado otro ejemplo en el extremo opuesto de la escala económica. El señor Rockefeller, el famoso millonario, ha escrito un libro acerca de sí mismo. Afirma que los grandes empresarios americanos no están en los negocios por dinero, sino por no sé qué zarandajas, el triunfo u otra filfa parecida. De hecho, tendría mucha mejor opinión de Rockefeller y de la gente como él si estuviesen en los negocios por dinero. Desear el dinero es mucho más noble que desear el éxito. Desear el dinero puede significar que deseas regresar a tu país, o casarte con la mujer a la que amas, o pagar el rescate que exigen por tu padre unos secuestradores. Puede significar algo humano y respetable. Pero desear el éxito significa por fuerza algo inhumano y odioso. Significa por fuerza que uno obtiene un placer abstracto al distanciarse y deshonrar a los demás. No tengo mejor opinión del señor Rockefeller porque en lugar de coleccionar dólares coleccione cabelleras. Pero eso, aunque cierto, no es el comentario más evidente. Lo esencial es que, aunque no sabemos nada del alma del señor Rockefeller, sí sabemos algo de sus ingresos. Mediante enormes esfuerzos ha amasado una fortuna inmensa. El hecho primordial puede explicarse, pero no obviarse

sábado, 12 de febrero de 2022

EL MEJOR RELATO DE DETECTIVES Por G.K. Chesterton

 “EL MEJOR RELATO DE DETECTIVES”

Por G.K. Chesterton

 

    En cumplimiento de la lúgubre amenaza escrita hace poco en estas páginas, trataré ahora de responder al corresponsal que me preguntaba por el mejor y más brillante relato de detectives del mundo. Por supuesto, no le daré lo que me pide: no tendré el valor moral de escoger un cadáver y aferrarme a él para siempre; y me quedaré perplejo ante el embarras de richesse y la enorme y elegante selección de cadáveres extendida ante mí por la ficción detectivesca de este siglo y el anterior. Además, el problema antes citado sigue estando presente en cierto modo. No sólo hay muchos géneros de literatura diferentes, sino muchos géneros diferentes de literatura detectivesca. Lo más que podría hacer sería, en mi opinión, dar cuatro o cinco premios a cuatro o cinco asuntos o temas diferentes. En primer lugar, permítaseme decir que no creo que América haya perdido nunca la copa ganada hace mucho tiempo por uno de sus mejores campeones literarios; o más bien diseñada por él con una pericia enteramente original. Algunos dirán que las copas hechas por aquel gran artista no eran precisamente muy alegres. Tal vez la copa estuviese tallada en forma de cráneo y estuviese orlada de hojas de ciprés y mortífera belladona, puede que contuviera una pequeña cantidad de veneno, sangre de víbora o qué sé yo. Pero era una copa triunfal, y no creo que nadie haya vuelto a ganarla. En otras palabras, no creo que el nivel establecido por un tal señor Edgar A. Poe en un relato llamado Los crímenes de la calle Morgue haya sido indubitable e indiscutiblemente superado. Las dos cosas básicas de una historia semejante son que su lógica sea clara y que aun así el clímax sea inesperado. La lógica de Poe es superior a la de Sherlock Holmes y otros escritores posteriores, precisamente porque estaban un poco confusos por la idea moderna de que eso tiene algo que ver con la «ciencia», lo que equivale a decir el materialismo. La lógica de Poe es superior, precisamente porque no es la lógica de un científico, es decir, de un especialista. Es la lógica de un filósofo y un poeta; y nunca estuvo más acertado que cuando subrayó el poder lógico del poeta. Y en cuanto a emoción, hay momentos en la lectura que el lector nunca olvida. Quienes disfrutan con el humor recuerdan cuando leyeron las palabras: «Me gustaría mucho ver qué entiende la señora Toger por una pierna de madera». Quienes prefieren el horror recuerdan cuando leyeron: «Dupin, este cabello no es humano». La obra maestra también tenía sus limitaciones: un relato de misterio debería ser centrípeto más que centrífugo y cargar el crimen sobre una figura familiar aunque insospechada, y lo cierto es que al lector le resultaba difícil intimar con un orangután. Por lo que se refiere al segundo premio, mencionaré, entre los libros escritos al estilo más elaborado de la novela policíaca francesa, The Widow Lerouge [El caso Lerouge], de Gaboriau; [1] entre los de mi propia época no conozco nada mejor que El último caso de Trent, de E. C. Bentley, aunque hay varios casi igual de buenos. Pero, puesto que soy el presidente de un club integrado sólo por escritores ingleses de novelas policíacas, me abstendré prudentemente de elegir a mis preferidos.

[1] Émile Gaboriau (1832-1873) es considerado el creador del roman policier francés. 



“EMPLEAR LA RAZÓN CORRECTAMENTE” Por G.K. Chesterton

  “EMPLEAR LA RAZÓN CORRECTAMENTE” Por G.K. Chesterton Me alegra ver que acaba de publicarse la traducción de una de las pocas novelas d...